Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Las noches eran las únicas horas de alivio del inmenso e inexorable resplandor solar. La mayor parte de las horas nocturnas las pasaba Adán echado, sin dormir, o caminando en la oscuridad, o sentado en la tenebrosa quietud, esperando no sabía qué, con terror progresivo.

Cuando sobrevino el apogeo del calor estival, Virey cambió física y mentalmente. Tornóse delgado, caminaba con los hombros caídos, inclinado hacia delante. Sacaba un poco la lengua y estaba siempre anheloso. Cada día comía y dormía menos que el anterior. No obedecía en nada a Adán y no tomaba ninguna precaución. Habría sufrido menos y sus fuerzas hubieran sido mayores si hubiese evitado el exponerse al sol. Mas el hombre gozábase en resistir las pruebas que implicaba la terrible naturaleza del Valle de la Muerte.

Y si Virey había llevado alguna vez una máscara en sus relaciones con Adán, ahora prescindía de ella. Es más, aparentaba ignorar a Adán, no ya con indiferencia o desprecio, como antes solía hacer, sino como si en realidad no se diera cuenta de su presencia. Cuando alguna vez deseaba Adán que Virey le escuchase, deseo que disminuía de hora en hora, érale preciso detenerlo a viva fuerza. Virey se entregaba completamente a su obsesión. El odio le poseía en cuerpo y alma.


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