Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Muchas veces, cuando Adán se ausentaba del campamento, Virey subía a la ladera en ruinas para hacer rodar alguna roca. Tenía verdadera locura por hacerlo. Mas cuando el joven regresaba al campamento, bajaba en seguida, exhausto y sudoroso, porque seguía embargándole el miedo. En vano había Adán argüido, suplicado, amenazado; en vano habían sido sus gritos de desprecio y sus maldiciones. Sin embargo, Virey sentía un gran terror a las enormes manos de Adán. Algo en ellas le fascinaba. Cuando uno de sus puños movíase amenazador junto a su rostro, el hombre solía retirarse, mustio, a la choza. Por todos los medios a su alcance, mantenía ante Magdalena Virey el espectáculo de su ruina y la prueba de que ésta era causada por ella. Los aciagos días de verano convirtiéronlo rápidamente en un espectro de su antiguo ser, un hombre desaliñado y sucio presentábase a las horas de comer y se quedaba allí taciturno, macilento, llevándose de tarde en tarde un poco de comida a la boca y contemplando a su mujer con mirada acusadora.







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