Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Cuando hablaba era para recordarle las frescas y quietas habitaciones de su casa señorial, del exquisito servicio de porcelana china, de la rica mantelería de la mesa, de bocados exquisitos, de copas talladas llenas de bebidas refrescantes, mencionando en seguida el horrible calor, la suciedad y la mala, comida que tenía que sufrir en el Valle de la Muerte. Cuando al presentarse ante ella hecho un esqueleto, sudoroso, con la cara sucia y las manos ensangrentadas por las heridas que se infería al mover las rocas, ella se echaba atrás, horrorizada, Virey experimentaba un gozo insano. Parecía gritar: «Mujer, contempla tu obra».