Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Mas si para él era un gozo verla así horrorizarse, todavía complacíase más en seguir paso a paso el inevitable destino de Magdalena. Verla, era tener una prueba palpable de que aquel terrible valle no era lugar en el que una mujer pudiera vivir. Como un gato que juega con el ratón, Virey vigilaba a su mujer. Como Mefistófeles alegrándose de poseer el alma de una mujer perdida, Virey seguía las lentas manifestaciones de la pérdida de fuerzas en su esposa. Quería sacarle hasta la última gota de sangre del corazón y que aún conservase suficiente vida para seguir sufriendo. Su más terrible amargura parecía consistir en que no había podido lograr esconderla totalmente y para siempre de los hombres. Habíase refugiado en el lugar más desolado del mundo para gozar de su venganza y, sin embargo, había aparecido otro hombre, y, como todos, dispuesto a sacrificar la vida por ella. Virey retorcíase al recordar esta circunstancia, sobre la que no tenía ninguna influencia. Era en realidad la única verdad que lograba discernir de toda la situación. La tragedia terrible de su odio era que no era odio lo que sentía, sino amor apasionado. Como un caníbal, hubiera querido comerse crudo el cuerpo de su mujer, no por hambre, sino por su pasión de consumirla, incorporándola a sí mismo para que fuese para siempre suya. Nunca se le ocurría pensar en el alma, en, la mente, en el espíritu de su mujer, y así, jamás comprendió que ésta escapase a su venganza, ni el desdén burlón de ella.