Los Caminantes del desierto

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Mas en su obtuso e infernal cerebro debió de penetrar en cierto modo la idea de que era incapaz de torturarla como deseaba. Llegó el día en que dejó de aparecer delante de ella hecho un guiñapo, de acusarla, de recordar le el pasado en contraste con el presente; dejó sus refinamientos de crueldad. Aquel momento marcó otro cambio en Virey, un descenso a mayor bajeza. Retrocedió al estado del salvaje en la demostración de su odio, y lo hizo de un modo absolutamente primitivo.

A los alertados ojos de Adán no se escapó ningún detalle, y el lento hervir de su sangre no era del todo debido al calor tórrido del Valle de la Muerte. Sus grandes manos, tan hábiles e inexorables, parecían encadenadas. Mil veces había murmurado, en el silencio de la noche y en las horas de quietud del día, a las rocas que lo envolvían y a fa invisible presencia que siempre caminaban a su lado:

—¿Hasta cuándo he de resistirlo? ¿Hasta cuándo?

Una tarde, al despertarse del sopor de la siesta habitual, oyó un grito de Magdalena. El grito le alarmó, porque ella nunca había gritado hasta entonces. Corriendo se dirigió al campamento.

La halló echada junto al banco de piedra, desmayada, con el rostro amarillo como la cera y grandes ojeras. Adán sintió que el corazón le latía aceleradamente.


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