Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Al arrodillarse para prestarle ayuda, vio de pronto una enorme y peluda araña saliendo de un pliegue del traje gris de Magdalena. Era una tarántula, la más fea y horrorosa de las arañas. Adán se la quitó del vestido y la mató con el tacón de su bota.
Luego buscó una jofaina y mojó con un pañuelo cara y cabeza de la desmayada, para que volviera en sí. Tardó algún rato en recobrar el conocimiento; parecía despertar de una gran pesadilla y no reconoció por el pronto a Adán.
—Magdalena, la tarántula ya está muerta —dijo el joven—. Ya no puede hacerle daño… Despierte, Magdalena.
—¡Oh! —exclamó ella—. ¿Es usted? —Y se abrazó a él, mientras Adán la levantaba dulcemente, sentándola en el banco—. ¿De modo que me desmayé? Esa araña tan horrible… ¡qué asco! ¿Dónde está?
—Muerta. La he cubierto de arena.
—¿Me hubiera podido morder?
—No, a no ser que la hubiese cogido con la mano. Lentamente se serenó Magdalena, reclinándose en el asiento. Gotas de sudor le corrían por la frente, tenía el pelo húmedo y le temblaban los labios.
—Tengo un gran horror a los ratones, a los bichos, a las serpientes, a todo lo que se arrastra por el suelo —explicó a poco—. No logro dominarlo. Es una herencia de mi madre… Virey lo ha descubierto al fin.