Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—¿Virey?… ¿Qué quiere usted decir? —preguntó Adán.

—En la choza.

Adán se levantó precipitadamente, mas al instante se vio detenido por Magdalena, que le miró con ojos graves, melancólicos.

Adán se echó a reír con sarcasmo.

—¡No!… No puedo enfadarme. Ya no soy el hombre de antes. Este dichoso valle, el calor y usted… no sé lo que han hecho de mí… Pero voy a decirle algo… nada podrá impedir que le dé una paliza a Virey, para que nunca más vuelva a hacer lo que ha hecho.

—¿De modo que tanto influyó en usted? Pues eso es lo único grande que he hecho en mi vida… Wanfeld, ya le he dicho que Virey me amenazó con pegarle a usted un tiro. Más de una vez ha querido hacerlo, pero siempre en el último instante le acometió el miedo. Sin embargo, es posible que realice su amenaza.

—Ojalá lo intentara —respondió Adán y, soltándose de ella, se encaminó a la choza.

—¡Virey, salga usted! —exclamó, sin obtener respuesta. Volvió a repetir la orden y aún guardó Virey silencio. Esperando un momento más, Adán tornó a hablar, con voz fría y decidida—. Virey, no quiero desordenar esa habitación donde están las cosas de su mujer, de manera que salga usted en seguida.


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