Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán percibió una jadeante y rápida respiración; luego apareció Virey en la puerta de la choza. El joven no hubiera podido decir a qué se parecÃa el rostro contorsionado de aquel hombre. Llevaba en la mano una pistola.
—Cuidado con poner… sus manos ensangrentadas… sobre mà —dijo Virey, jadeante.
Adán se acercó más, deteniéndose a seis pies de su enemigo.
—¿De modo que también tiene usted su pistolita? —preguntó lentamente. HabÃale sido preciso dominar la fiera pasión que latÃa en él, porque de lo contrario no hubiera respondido de sus actos—. ¿Qué va usted a hacer con ese juguete?
—Si da usted un paso… le mataré —fue la ronca respuesta.
—Virey, voy a darle una formidable paliza —declaró con voz monótona el joven—. Pero antes he de hablar. Tengo mil cosas que decirle.
—¡Maldición sobre usted! —repuso Virey, empezando a temblar de emoción—. Salga usted de este campamento, aléjese del valle o…
—Virey… ¿está usted loco? —preguntó Adán.