Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Era necesario no entrar en discusión con aquel hombre, era preciso zurrarle pronto, o pasarÃa algo aún peor. ¡Qué difÃcil era despertar la conciencia de aquel miserable!
—No, no estoy loco —gritó Virey, furioso.
—Pues, si no está loco, esta hazaña de la tarántula ha sido monstruosa, canallesca, infernal… ¡Hombre de Dios! ¿No comprende usted lo cobarde que es? ¡Torturarla como si fuese usted un hereje, un salvaje! ¡A una mujer tan delicada! Virey, si no está usted loco, es el bruto más grande que he visto hasta ahora. Ha caÃdo más bajo que esos hombres convertidos en bestias en el desierto. Usted…
—Si soy una bestia, es gracias a mi delicada esposa —exclamó Virey con amarga pasión—. ¿Delicada? ¡Ah, ah! ¡El último amante de Magdalena Virey no ve lo fuerte que es ella… fuerte como el acero…! ¡Sermoneador hipócrita… salga de aquà o le mataré!
—¡Dispare ya, maldito! —gritó Adán y con un salto tan potente como su voz, se precipitó sobre Virey.