Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto El rostro de éste cubrióse de mortal palidez. Levantó la pistola. Adán la empujó hacia arriba en el mismo momento en que salía el disparo. La pólvora le quemó la frente, pero la bala le pasó por encima. Otro golpe envió la pistola lejos de los dos. Entonces Adán agarró a Virey por el cuello y lo llevó arrastrando hacia el banco donde estaba Magdalena, pálida, con los ojos muy abiertos. De un impulso lo arrojó al suelo y, antes de que pudiera levantarse, lo maniató. Después desenterró la araña muerta.
—¡Ah, aquí está su araña! —exclamó, refregando la velluda tarántula por el rostro de Virey. Éste se retorcía lanzando gritos—. ¡Muy bien! ¿Abre usted la boca? Ahora veremos… Anda, cómetela y maldito seas, cobarde y se metió el bicho asqueroso en la boca, lográndolo sólo a medias, pues Virey la cerró rápidamente. Adán le frotó el resto de la araña otra vez por el rostro.
—Ahora levántese —ordenó y, poniéndose también derecho, le dio un puntapié. Adán, al dar libertad a sus sentimientos con la acción, estaba ahora seguro de sí mismo. No mataría a Virey. Sabría dominarse a pesar de su enorme fuerza.