Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Virey, escupiendo, blasfemando, jadeante, se puso en pie poseído al fin por el espíritu de la lucha. Se precipitó sobre Adán, quien de un poderoso puñetazo lo envió nuevamente al suelo, pero sin aturdirle. Virey volvió a levantarse, lívido, ensangrentado, y de nuevo se arrojó sobre el joven. La furia le daba fuerzas y en aquel instante no temía a nadie. Golpeó violentamente con los puños cerrados el pecho de Adán, clavándole después las uñas. Adán le asestó algunos golpes a mano abierta, produciendo un ruido como el golpeteo de una tabla. Cuando Virey quedó exhausto, el joven le hundió con toda la fuerza el puño en el rostro. El hombre de la ciudad cavó pesadamente al suelo. A poco se incorporó, arrastrándose; halló una piedra, la agarró y, dando un grito, se puso de pie, lanzando el proyectil, que el joven esquivó hábilmente. Alocado Virey, buscó más piedras, tirándoselas una tras otra a su contrincante, que cogió también una y se la arrojó, a su vez, al pecho con violencia. Ya no gritaba Virey; poseíale por completo la furia. Recogiendo del suelo un gran trozo de roca lo alzó por encima de su cabeza, precipitándose sobre el joven con intención de matarlo. No tenía miedo, pero estaba loco y no comprendía que su enemigo jugaba con él. Con el ímpetu de su furia hubiera podido matar tal vez a un hombre más débil que Adán, pero ante éste hallábase impotente para realizar su empeño. El joven le arrancó la piedra y, agarrándole con una mano, empezó a pegarle con la otra en el rostro, en el pecho, en la espalda, con violencia reprimida. Por fin, exhausto y sin fuerzas ya para atacar, Virey se dejó caer al suelo. Adán lo llevó arrastrando a la choza y lo dejó allí, postrado, gimiendo, convertido en un ser miserable que comprendía su derrota.