Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Lo más difÃcil después fue para Adán presentarse ante Magdalena. Mas al instante de hacerlo, vio que su ignorancia acerca de las mujeres era infinita.
—La bala… cuando disparó… ¿le ha tocado? —preguntó ella, con sus ojos intensos, profundos, llenos de una luz maravillosa.
—No… pasó por encima —dijo jadeante el joven, dejándose caer sobre el banco.
—He recogido el arma. Temà que pudiera encontrarla. Más vale que la guarde usted ahora —dijo Magdalena, y se la deslizó en uno de sus bolsillos.
—¡Qué espectáculo tan desagradable para usted! —exclamó Adán, recobrando el aliento.