Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Era terrible… daba miedo… al principio —repuso ella—. Mas después que desapareció la pistola y usted querÃa obligarle a comerse la araña… ¡qué asco!… Luego, no me disgustó… Wansfeld, ha sido la primera vez en muchos años que he estado asombrada. Le admiré… En cuanto a usted… al verle tan sereno, tan dominador, parando sus golpes… pegándole cuando querÃa… despertó algo terrible en mÃ. Nunca he tenido esa sensación hasta ahora. Yo era otra mujer. Vi cómo corrÃa la sangre, oà los golpes, las respiraciones jadeantes, hasta percibà el olor a sudor, porque estaba muy cerca de ustedes… y todo ello me inflamó, me hizo vibrar con salvaje excitación… casi dirÃa con alegrÃa… Bien sabe Dios, Wansfeld, que todos tenemos en el pecho instintos ocultos.
—¡Con tal que le haya servido a él de lección! —suspiró Adán.
—Entonces el castigo estarÃa bien aplicado —repuso Magdalena—, pero lo dudo, lo dudo mucho. Olvidémoslo… ¿Quiere usted ayudarme a buscar una cosa que dejé caer en la arena? Se me cayó de las manos cuando me desmayé. Se trata de una cajita de marfil en la que hay una miniatura muy valiosa para mÃ. El último y el mejor de todos mis tesoros.