Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán revolvió la arena alrededor del banco de piedra y tardó poco en encontrar el tesoro perdido. ¡Con qué apasionado y elocuente grito de alegrÃa lo cogió ella!
—Mire —exclamó con maravilloso temblor en su voz, enseñando a Adán el estuche abierto.
El joven vio la miniatura de un rostro de muchacha, ovalado, puro como una flor, con hermosos rizos color oro oscuro y magnÃficos ojos. En éstos reconoció a la madre de la muchachita. Su fuego, aunque no el color, y su altanero mirar eran los mismos que los de Magdalena Virey.
—Un rostro muy dulce y adorable —dijo Adán.
—¡Mi Ruth! —murmuró Magdalena—. ¡Mi hija… mi única hija… a la que abandoné para salvar su dicha!… ¡Oh, ironÃa de la vida! ¡Qué tenga yo un corazón tan grande para amar!… ¡Qué yo sea madre de una niña tan perfecta!…