Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Mas al fin, la puesta del sol acabó con aquel rojo infierno y la oscuridad, más piadosa, envolvió el mundo. Al avanzar las horas, el aire hacÃase más cálido, más denso, pesando sobre Adán como una gruesa manta. Era aquélla la noche más opresora y cálida que habÃa conocido en su vida desértica. No pudo dormir, ni descansar, ni siquiera podÃa estar quieto. La opresión le atenazaba los pulmones. El lento paseo que dio para huir de las molestias del calor le hizo sudar copiosamente, y las gotas le quemaban al resbalar por la piel.
—¡Si soplase hoy aquel viento infernal! —murmuró, lleno de temor.
Presintió que las ráfagas de fuego no se harÃan esperar aquella noche y que serÃan más terribles que nunca. El enorme calor del dÃa lo hacÃa prever asÃ.
Una hora después notó Adán el primer soplo cálido de los terribles vientos, que empezaban con suave quejido, extraños y tristes, ganando poco a poco en fuerza hasta adquirir la del huracán con enorme estruendo. Adán tuvo de pronto la sensación de que se habÃa abierto un horno y que las llamas y las chispas se vertÃan sobre, él. ParecÃale una maravilla que pudiese aún respirar, que sobreviviese un instante a aquella ola de fuego. El viento y el estruendo llenaban los ámbitos, llevando consigo arena y el polvo de los álcalis del valle.