Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto La encontró echada sobre el banco, parecida a una sombra, tan blanca e inmóvil como la misma piedra en que descansaba. Adán se sentó a su lado y se inclinó para contemplar su macilento rostro. Sus ojos de insondable profundidad conmoviéronle como nunca. Le cogió la mano, reteniéndola en la suya hasta que se calmase un poco el viento y fuera posible hacerse entender. Por fin la ola de fuego pasó y el aire se hizo levemente más respirable.
—Magdalena, no puedo resistir más —dijo Adán.
—¿Se refiere a… estos vientos… infernales? —preguntó ella, con voz jadeante.
—No, a sus dolores. Hubiera podido resistir indefinidamente sus tormentos espirituales, pero no puedo verla sufrir esta lenta agonía. Su mano arde como el fuego… está seca. Es preciso que beba usted más agua…
—Amigo mío… ha terminado la lucha… la victoria es mía… Estoy a salvo de Virey… Él pudo poseer mi cuerpo… pobre y débil… pero quiso mi amor… mi alma, para matarlos. Nunca los tendrá ahora… Wansfeld, no pasaré de esta noche… me siento morir.
—No, no —exclamó roncamente Adán—. Es la impresión del terrible calor, de las ráfagas de fuego… el terror de la noche. Vivirá usted. El viento ya se acaba. Luche un poco más… y mañana… mañana, Magdalena, si Dios me ayuda, la sacaré de aquí.