Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Durante las plateadas noches de luna del desierto, bajó las yucas de extrañas formas, el joven presintió claramente la lección que el destino le reservaba. Los años habíanle preparado. ¿Cuándo llegaría la prueba suprema? ¿Qué sería? Y en el solitario silencio parecían murmurarle que algún día volvería allá abajo para buscar la tumba de su hermano y hallar el inevitable castigo. En aquellos momentos, sus fuerzas físicas, su fiera y dura naturaleza, rechazaban tal idea, pero, no obstante, poco a poco, empezó a escuchar una voz nueva, más fuerte, distinta de su conciencia. Imaginábase poderla apartar con ademanes despectivos, ahogarla con sus luchas en el desierto, pero la maravillosa fuerza de sus tostadas manos no lograba domeñarla.
Un día, a la hora de la puesta del sol, caminaba por el desierto, liso y arenoso en aquella parte, doblando las estribaciones Oeste de la montaña de San Jacinto. Los primeros cactos bisagni que vio parecían saludarle como viejos amigos. Eran plantas pequeñas, de un pie de altura, esparcidas escasamente por la larga y rocosa ladera que llegaba a la base de la montaña. La parte superior de los cactos era sonrosada, como las rosas silvestres. Adán dirigía la vista por el desierto para ver hasta dónde crecían los bisagnis, cuando de pronto descubrió que uno de sus burros acababa a su vez de descubrir algo que se movía.