Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Por fin, vio claro. El amor que había sentido siempre por Genia surgió de nuevo. Lo otro no era amor, por grande y natural que fuese su fuerza aterradora. Él era un proscrito y cualquier día podría prenderlo la justicia. Sería una locura atar aquella gozosa criatura a sus pasos errabundos, porque sólo podría resultar un eterno dolor para ella y un eterno remordimiento para él. Genia estaba tan llena de amor y de vida que hasta odiaba tener que dejar la soledad del desierto. Para ella, en su sencillez, él lo era todo. Mas aún era una niña, y cuando la colocase en un medio donde la juventud llamara a la juventud, donde hallase labor agradable, alegría, amor, él convertiríase en un recuerdo. Los besos de sus rojos labios no eran para él. La gloria de sus rutilantes rizos, la llama de sus ojos vivarachos, su aterciopelada carne de tonos áureos, eran creación de la Naturaleza, y ésta había de seguir sus inescrutables designios, su eterno progreso, dejándolo a él fuera. Su alegría por Genia debía quedar en el recuerdo de la joven cuando él volviese a hallarse solo en los desolados páramos. Ella le debería la vida y la felicidad. Niña, muchacha, mujer… tal vez algún olía esposa y madre, la alegría de un hombre feliz por la misma inevitable Naturaleza que le había torturado a él, y el recuerdo de ella sería el premio que Je acompañaría en las noches blancas bajo la solitaria luz estelar, porque él habría sido el creador de las sonrisas de ella y de los suyos. ¡Cuán: fiera y falsa había sido su lucha cuando, en realidad, él daría gustoso su vida para ahorrar a Genia un instante de dolor!