Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Cuanto aparecieron los primeros rayos solares en la pared oeste del cañón, Venters reflexionó acerca de lo que le convendría hacer. No podía seguir en aquel escondite, mucho menos si intentaba continuar sus pesquisas sobre el oculto campamento de los bandidos. Durante veinticuatro o cuarenta y ocho horas, los compañeros de la muchacha y del bandido muerto no extrañarían la ausencia de los dos, pero al no aparecer ninguno de ellos dentro de un plazo razonable, empezarían a buscarlos.

Y esto era lo que temía Venters.

—Un buen conocedor de las praderas y de los cañones descubriría mis huellas —murmuró—. Y entonces me hallaría aquí encerrado en una ratonera. Creo que podré arriesgarme a salir ahora. Los bandidos suelen ser gente muy holgazana cuando no van de expedición. Correré el albur. Después cambiaré de escondite.

Antes de partir, limpió cuidadosamente su rifle y volvió a cargarlo. Al levantarse echó una larga mirada sobre la muchacha, que aún no había recobrado el sentido. Después hizo que Ring y Blanca se colocasen al lado de ella para guardarla, y salió del campamento.


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