Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Deslizándose pegado a la pared de la garganta, avanzó el joven muy cautelosamente hacia la hondonada. Al llegar a ella decidió cruzarla y seguir a lo largo de la pared izquierda hasta alcanzar el camino del ganado. Escudriñó la pradera detenidamente, como si tratara de cazar un antílope y, luego, agachándose, avanzó con sigilo, buscando abrigo tras las rocas aisladas y los arbustos, hasta que alcanzó la maleza que crecía junto a la pared roqueña del otro lado. Una vez allí, puso mayor cuidado aún en el examen del terreno, pero apresuró el paso. Traspuso así la boca de dos gargantas, y a la entrada del tercer cañón cruzó un torrente de rauda y cristalina agua, y se halló de pronto ante el camino del ganado.

Éste seguía a lo largo de la orilla más baja del torrente y, sin perderlo de vista, Venters corrió paralelamente a él, junto a la pared del cañón, al abrigo de la espesura. Durante una milla la cañada serpenteaba en amplias curvas, y al fin se abría sobre un valle. Manchas de un rojo subido destacábanse junto al tono más pálido de la artemisa, y más lejos, en la parte llana del valle, multiplicábanse las rojas manchas.

—¡Oh! ¡El hatajo rojo de Juana! —exclamó Venters.


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