Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Observó después lunares blancos y negros en la inmensa llanura, de lo que dedujo que habÃa también ganado de otro color en aquel valle circundado por altas paredes roqueñas. Oldring, además de bandido, era también ranchero.
—¡Qué rancho! —se dijo el joven—. Hay agua y hierba suficiente para cincuenta mil cabezas de ganado, y no se necesitan vaqueros para guardarlo.
Pasado el primer momento de sorpresa, el joven no quiso perder más tiempo contemplando aquel valle, y volvió rápidamente sobre sus pasos. SabÃa ya dónde escondÃa Oldring el ganado que robaba; y, por lo que habÃa descubierto durante los últimos dÃas, empezó a tener la convicción de que las incursionas que los bandidos solÃan hacer a los pueblos fronterizos, el misterio del jinete Enmascarado, con sus supuestas hazañas criminales, y la fiera resistencia opuesta a todo jinete que deseara averiguar dónde se hallaba la madriguera de los bandidos y el ganado robado, todo, en fin, no eran sino ardides del jefe de los ladrones para ocultar el verdadero objeto de su vida en el Desfiladero de la Decepción. Algo tendrÃa que ver en ello el oro que tan liberalmente gastaban los bandidos cuando iban a los pueblos.