Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Y con la habilidad de un piel roja en guerra, se deslizó Venters por entre la artemisa y las rocas de la hondonada; traspuso pista tras pista en la parte norte y entró finalmente en el cañón de dónde partía el camino del ganado y en el que viera desaparecer a los bandidos.
Si antes había procedido con cautela, ahora ponía todos los nervios en tensión para avanzar paso a paso. Anduvo a gatas, y tan oculto se mantuvo, que sólo se sirvió de la vista para abrirse paso mejor por entre la maleza y las piedras, junto a la escarpada pared. Sin embargo, de vez en cuando, al descansar, notó que los roqueños y bermejos muros hacíanse cada vez más altos y más abruptos. Advirtió también que el camino era tortuoso y ascendente. Desaparecieron la artemisa, los robles y la maleza de alisos, creciendo en su lugar pinos piñoneros en un suelo rocoso. De pronto oyó un sordo rumor. Al principio creyó que se trataba del eco de un trueno; después, que una gran masa de roca se deslizaba lentamente. Sin embargo, el ruido no cesaba y hacíase cada vez más cercano y estruendoso.
—Una cascada —se dijo Venters—, y de bastante importancia. ¿Será el agua del arroyo que perdí de vista ayer?