Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El estruendo le molestaba, porque no le permitía oír ningún otro rumor. En cambio, tenía la ventaja de que tampoco se le oiría a él. Envalentonado por ello, y seguro, además, de que nadie, excepto los pájaros, podían verle, se levantó y continuó avanzando. Un claro entre los pinos le indicó que estaba aproximándose a la cima de la ladera.
Cuando la alcanzó dejóse caer con una exclamación de sorpresa. Tenía ante sí un cañón corto, de paredes cóncavas y suelo pétreo, desprovisto de toda vegetación. Un ancho riachuelo venía hacia él, y al final del cañón, de una gran grieta de la pared rocosa surgía una cascada que caía en amplia cortina.
Si no estuviera absolutamente seguro de haber penetrado desde la hondonada en el cañón preciso, su asombro no habría sido tan grande. Ninguna cañada lateral, ni una mella siquiera había visto en aquel cañón, al que le condujeron las huellas del ganado y de los bandidos; por lo tanto, la confusión no era posible.
—El ganado salió de este cañón —se dijo Venters repetidamente—. De aquí salió. Lo que ahora me gustaría saber es cómo diablos pudo entrar aquí.