Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Si de algo estaba seguro era de haber examinado escrupulosamente las huellas de los animales, y cada una de ellas señalaba con gran precisión el Oeste. Y ahora él, mirando en dirección este, se hallaba frente a un trozo de cañón que terminaba allí, en una elevadísima pared de la cual caía un finísimo y espumante velo de agua, de unos veinte metros de ancho. Por primera vez en muchos años dudaba el joven de su destreza de jinete descubridor de huellas, y de su memoria también. En su ansiedad por avanzar sin ser visto debió de perderse, penetrando equivocadamente en aquel ramal del Desfiladero de la Decepción y, de una manera inexplicable, no acertó a dar con el cañón del que saliera el ganado y en el que entraron los bandidos. No había otra solución. Los bandidos no podían volar con caballo y todo, ni el ganado podía saltar desde una altura de trescientos metros. Lo que pasaba era que había experimentado por sí mismo lo que los jinetes de la pradera afirmaban desde largo tiempo acerca de aquel laberíntico sistema de cañones: las huellas y sendas señalaban claramente la bajada hacia el Desfiladero de la Decepción, pero ningún jinete había podido seguirlas.