Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Cielos! ¡Quién lo hubiera dicho! Tras la cascada hay una caverna, y de ella parte un pasaje hacia otro cañón que le sirve a Oldring de madriguera. Lo único que ha de hacer es vigilar el sendero que lleva al cañón desde la pradera roja. No hay miedo de que se descubra esta salida de la cascada. Yo la he descubierto por azar, cuando ya desesperaba de lograrlo. Y ahora sé también la verdadera causa de lo que me pareció un impenetrable misterio por qué aquel camino de ganado de la hondonada estaba húmedo.
Dicho lo cual, dio media vuelta y bajó corriendo la pendiente, entrando rápido en la cañada, pues al regresar a su campamento no podía perder ni un minuto. Sólo de vez en cuando se detenía para cerciorarse de que no había peligro ante él. No se cuidaba de ocultar sus huellas, porque sabía que la espesa hierba no las retendría. La hondonada tampoco la recorrió a lo largo de su periferia, sino que la cruzó en derechura hacia la entrada del cañón en que tenía su campamento, para llegar lo antes posible. Cuando se halló por fin protegido por las alargadas sombras dé lo que llamaba su cañón, sintióse en seguridad. Sólo entonces volvió a pensar en la muchacha. La tarde estaba muy avanzada. ¿Cómo hallaría a la enferma? Entró corriendo en el campamento y asustó a los perros.