Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La joven estaba tal como la habÃa dejado. TenÃa los ojos muy abiertos, y en sus mejillas habÃa otra vez las rosetas de la fiebre. Venters la hizo incorporarse un poco y le puso la cantimplora con agua fresca en los labios. Tuvo una inexplicable sensación de alivio al verla beber lentamente, y la recostó después con suavidad.
—¿Quién… sois? —murmuró la joven.
—El hombre que ha disparado sobré vos.
—¿No… vais a… matarme… ahora?
—¡No, no!
—¿Qué… vais… a hacer… conmigo?
—Cuando estéis bien, cuando os halléis fuerte, os llevaré al cañón de la cascada por dónde entran los bandidos en su madriguera.
La marmórea blancura del rostro dé ella se nubló débilmente.
—¡No… me… llevéis… allÃ… nunca!