Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Mientras tanto, en el Rancho, después dé qué las noticias de Judkins impulsaron a Venters a perseguir a los bandidos, Juana Withersteen llevó al herido a su casa y le vendó con mano hábil el hombro atravesado por la bala.
—Judkins, ¿qué crees tú que puede haber pasado a mis jinetes?
—Prefiero no decirlo —repuso Judkins.
—DÃmelo. Sea lo qué fuere, guardaré él secreto. Algo más importante qué la pérdida del hatajo me está afligiendo. Venters insinuó… Pero dime lo qué sepas, Judkins.
—Pues bien, señorita, creo lo que insinuó Venters. Vuestros jinetes han recibido aviso de no salir.
—¡Judkins…! ¿Y de quién?
—Vos sabéis quién maneja las riendas dé vuestros jinetes mormones.
—¿Te atreves a insinuar que los dignatarios de mi iglesia han dado ésta orden a mis vaqueros?
—Yo no insinúo nada, señorita Withersteen —contestó Judkins vivamente, Sé a qué atenerme. Ya habéis visto qué me resistÃa a hablar…
—¡Oh, no puedo creerlo! ¡No quiero creerlo! ¿Tull dejar mi ganado a merced dé los bandidos y dé los lobos sólo porqué…? ¡No, no! Eso es increÃble.
