Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana sintióse dominada por una fuerza que excedÃa en mucho a la suya. En una lucha de voluntades con aquel hombre, ella serÃa vencida. Si querÃa influir en él, habrÃa de valerse tan sólo de la seducción femenina. HabÃa algo en Lassiter que imponÃa respeto; a la joven le habÃa inspirado horror su nombre; ahora, frente a frente, descubrió que sólo le causaban horror sus acciones; el hombre, no. La misteriosa sugerencia del jinete, su predicción de que ella habÃa de ser algo para él, quedó fuertemente grabada en el espÃritu de Juana. Creyó que el Destino habÃa hecho que el amante o el marido de Milly Eme se atravesara en su camino. CreÃa, además, que por su mediación podrÃa ser redimido un hombre malo. La alusión de Lassiter a lo que éste llamaba su ceguera, la aterró. Una idea tan equivocada podrÃa despertar la fatal cólera que ella presentÃa en él. Era preciso aplacar a aquel hombre a toda costa, y si Lassiter no se ablandaba ante la belleza y seducción de una mujer, serÃa porque no residÃa en ella tal facultad.
—Creo que no volveréis a oÃrme hablar de este modo —continuó el jinete, poco después—. Y ahora, señorita Juana, he venido para deciros que vuestro hatajo blanco está en la ladera, detrás de aquellas cimas. Y he visto algo que acaso seria muy interesante que vos pudierais verlo también. ¿Tenéis anteojos de campaña?