Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Aunque las palabras de éste fueron breves, Juana advirtió su gran alcance. Deseaba que el extraño jinete se hiciera cargo de sus hatajos, de sus caballos, de su Rancho, y que salvase lo que pudiese. Sin embargo, aunque ella no se hubiera atrevido a expresar todos sus pensamientos sobre lo que esperaba de él, en su fuero interno no se engañaba. Fuere cual fuere el precio que tuviese que pagar, era preciso que Lassiter no se alejara de su lado; tenía ella que servir de pantalla entre Lassiter y el hombre que indujera a Milly Erne a venir a Cottonwoods. Era tan grande su temor de revelar el nombre del mormón culpable, que ni con el pensamiento se atrevía a pronunciarlo. Además, aparte de lo que consideraba como sagrada obligación, sentía Juana la necesidad de tener a su lado a un amigo que la ayudara y protegiera en los difíciles tiempos que la aguardaban. Si lograra tener ascendiente sobre aquel gunman, como Venters le había llamado; si le fuese posible evitar que vertiera más sangre humana, ¿no sería también una buena estrategia, oponer el nombre y la presencia de Lassiter contra la opresión de que la hacían víctima los dignatarios de la Iglesia mormónica? No era posible olvidar el efecto que causó el terrible nombre en Tull y sus hombres cuando lo pronunció Venters en un momento de angustia. Y si ella no pudiese tener un completo ascendiente sobre Lassiter, por lo menos lograría aplazar indefinidamente el día fatal.


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