Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —No puedo reprochártelo. Sin embargo, Juana Withersteen, debes decidirte por el amor de un hombre o por el de Dios. Nosotras, las mujeres mormonas, hemos de hacer eso con frecuencia. No es fácil. La clase de felicidad que tú deseas yo misma la anhelé un dÃa. Nunca la alcancé. Todas hemos observado tu amistad con Venters, temblando y temiendo lo peor. Tú no querrás verle ahorcado ni muerto a tiros, o que le ocurra algo más terrible aún, como le sucedió a aquel joven gentil que hallaron haciendo el amor a una mormona de Glaze. Cásate con Tull. Es tu deber, como mujer mormona. Como esposa suya no sentirás el arrobamiento de las enamoradas, pero… ¡piensa en el Cielo! Sufre tu cruz, Juana. Las mormonas no se casan por lo que puedan hallar en la tierra. En el Cielo hallamos nuestra recompensa. Recuerda que tu padre descubrió la Fuente Ambarina, edificó todas estas casas, trajo aquà a los mormones y fue un padre para ellos. ¡Tú eres la hija de Withersteen!
Juana dejó a Mary Brandt y se fue a visitar a otras amigas. Todas la recibieron con la misma alegre bienvenida que le dispensara aquélla, todas vertieron sobre ella el constreñido cariño de las mujeres mormonas, y de todas se alejó Juana con los oÃdos llenos de Tull, Venters, Lassiter, el deber para con Dios y la gloria del Cielo.