Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Verdaderamente —murmuró Juana—, me desconozco a mà misma; después de cuanto me dicen, no logro cambiar mis ideas… Es más, estoy cada vez más decidida a no variar de conducta…
Atravesando nuevamente la calle mayor del pueblo, Juana se dirigió a uno de los amplios prados que habÃa al lado de la calle principal y entró en un grande y sombreado patio. CrecÃan allà abundantemente el trébol de suave fragancia, la alfalfa para el ganado y las legumbres, en feliz consorcio. En caótica confusión producÃan allà gran algarabÃa docenas de criaturas de uno a tres años, niños revoltosos y rientes niñas, toda una multitud de gente menuda que formaba una sola familia, porque Collier Brandt, el padre de tan numerosa prole, era un mormón con cuatro mujeres.
La gran casa en que vivÃan era antigua, sólida y pintoresca; la parte inferior estaba hecha de troncos enormes; la superior, de tablas y tablones, y por la chimenea de piedra trepaba la vid. HabÃa muchas ventanas con postigos de madera, y una muy grande, provista de vidrios, ostentando orgullosamente una cortina blanca. Como la casa tenÃa cuatro amas, constaba también de cuatro secciones, incomunicadas entre sÃ, y a todas daban acceso sendas puertas externas.