Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja A la sombra de un cenador, por cuyo enrejado techo trepaba la vid, halló Juana a las cuatro esposas de Brandt, en plática con el obispo Dyer. Eran todas excelentes matronas de agradable aspecto, aproximadamente de la misma edad, y en aquel instante mostrábanse todo menos graves. El obispo era un hombre alto, muy corpulento, de cabellos y barba grises y ojos azules. Ahora su mirada era alegre, pero Juana conocÃa momentos en que no lo era, y entonces temÃa a Dyer tanto como antaño a su propio padre.
Las mujeres la rodearon, dándole la bienvenida.
—Hija de Withersteen —dijo alegremente el obispo al cogerle la mano—, no has sido pródiga en dejarte ver últimamente. ¡Un sábado sin que se te viera en el templo! Habré de reprender a Tull.
—La culpa es mÃa, señor. Iré a veros y me confesaré —repuso Juana, como si no diera importancia al asunto, aunque interiormente ardÃa.
—¡Asà es como hacen los mormones el amor! —exclamó el obispo frotándose las manos—. Tull te acapara.
—No. Tull no me hace la corte.
—¿Cómo? ¡El muy holgazán! Pues si no se da prisa, yo mismo iré a la mansión Withersteen como pretendiente.