Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La ocurrencia del obispo promovió la risa de las mujeres, y asà estuvieron cierto tiempo diciendo frivolidades, terminando por hablar de algunos asuntos del pueblo. Después, el obispo Dyer se despidió y Juana quedó a solas con su amiga Mary Brandt.
—Juana, estás cambiada. ¿Te entristece el robo de parte de tu ganado? Pero…, ¡si tienes tanto, si eres tan rica!
Juana le abrió su pecho, le contó casi todo lo que habÃa sucedido, pero nada dijo de sus dudas y temores.
—¿Por qué no te casas con Tull y eres de las nuestras?
—¡Pero, Mary, si no le amo! —dijo Juana con obstinación.