Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Verdaderamente —murmuró Juana—, me desconozco a mà misma; después de cuanto me dicen, no logro cambiar mis ideas… Es más, estoy cada vez más decidida a no variar de conducta…
Atravesando nuevamente la calle mayor del pueblo, Juana se dirigió hacia el centro, y tropezó en su camino con varios carros de los llamados «barcos de la pradera», en los que se transportaba trigo, harina y otras mercancÃas desde Sterling a Cottonwoods. Juana se echó a reÃr de pronto al pensar que uno de los grandes almacenes del pueblo, a que estaban destinadas aquellas mercancÃas, era suyo. El agua que corrÃa cabe la senda, a sus pies, y daba vida a los jardines y huertas, también era de ella, pues no porque la cediera gratuitamente dejaba de ser de su propiedad. Sin embargo, en aquella villa de Cottonwoods, que fundara su padre y que ella seguÃa sosteniendo, no era dueña de sà misma, no podÃa elegir marido a su gusto. Era solamente la hija de Withersteen, el mormón. ¿Y si probara que era hija suya en todo, hasta en su genio dominador? Mas Juana ahogó al instante aquella tentación de su orgullo.