Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Venters no perdió más tiempo; rápidamente dio la vuelta para regresar. Bautizó el cañón con el nombre de «El Valle de la Sorpresa», y a la enorme roca que defendía la salida, con el de «La Roca Movediza». Al bajar la pendiente no sufrió los temores que le sobrecogieron al subirla. Con todo, estaba intranquilo, y no podía concentrar los pensamientos sobre el mejor modo de llevar a la muchacha al nuevo escondite. Al llegar al final del escarpado pasaje se detuvo y descansó, junto al sitio dónde la pared doblaba, allí dónde estaba el contrafuerte, vio un pequeño saliente de roca que podía servir para aguantar el dogal de su lazo. No le hacía falta otra cosa para escalar aquel elevado lugar. Y como proyectaba volver protegido por la oscuridad nocturna, lo que más falta le hacía era saber dónde comenzaba la ascensión. Se proveyó de algunas piedras y deslizóse por la pendiente en dónde estaban los escalones y a cuyo final había dejado sus zapatos y su rifle. Marcó con las piedras el principio de la singular escalinata y colocó la liebre muerta en el primer peldaño; luego, procuró retener en la memoria el original aspecto del conjunto de la escarpadura. Calzándose, reflexionó si sería mejor dejar el rifle en aquel lugar o si le convendría llevárselo. Por fin pensó que dejándolo allí tendría una carga menos, por lo que emprendió el regreso sin el arma. Al avanzar se detenía de vez en cuando para fijarse exactamente en el camino, con objeto de poderlo recorrer más tarde sin dificultad. Al llegar a la faja de cedros ató su pañuelo en el primer árbol y avanzó después decididamente hacia su campamento, porque no dudaba ya de encontrar el camino.


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