Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Arregló sus alforjas y se las puso a la espalda, asegurándolas con un lazo. Los perros mostraban tener hambre, pero Venters no se cuidó de ello ni pensó en que él mismo no había comido desde hacía muchas horas. Envolvió a la muchacha en las mantas, sujetándolas bien, y la cogió en brazos. Así, seguido de los perros, echó a andar. Camorra relinchó y golpeó el suelo con los cascos, como si se diera cuenta de que iban a dejarlo allí. Los otros dos caballos, sueltas las bridas, le siguieron y, una vez en el cañón, echaron a correr hacia la parte opuesta. Venters no se cuidó de ellos, sino que prosiguió el camino hacia la hondonada con su preciosa carga. Avanzaba lentamente, porque el tiempo no tenía importancia para él. Interesábale no dar ningún tropezón para evitarle sacudidas a la enferma. De vez en cuando contemplaba su blanco rostro, la joven no se había despertado del sopor en que estaba sumida. Venters no descansó hasta llegar a la hondonada. Entonces dejó a la muchacha suavemente en el suelo y se irguió. Sus cejas, su cabello y las palmas de sus manos estaban sudorosas, y en los brazos advertía el cosquilleo del esfuerzo que había hecho. Sin embargo, como anhelaba alcanzar su nuevo campamento, no sentíase fatigado. El viento le traía fragantes oleadas de la pradera Las estrellas empezaban a penetrar la densa oscuridad del comienzo de la noche. Atrás, en el cañón, oyó el aullido de un coyote que interrumpió el profundo silencio.