Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Después de descansar largamente, continuó el camino con la muchacha en brazos, seguido de sus fieles perros. Al perseguir a la liebre parecióle interminable el ascenso, pero ahora, a pesar de la carga que llevaba, no advertía ni la distancia ni lo empinado de la cuesta. Sólo fijaba la atención en evitar un paso en falso y en seguir la dirección exacta. Siguió subiendo infatigablemente y, antes de lo que creyera, hallóse en el lugar dónde había dejado el rifle y la liebre cazada. Había subido en línea recia, sin desviarse un centímetro del camino y sin desfallecer ni un momento.
Al dejar a la joven nuevamente en el suelo, vio que abría los ojos; la profunda oscuridad de éstos hacía más intensa aún la blancura de su rostro.
—¿Sois vos…? —preguntó débilmente.
—Sí —repuso Venters.
—¡Oh! ¿Dónde… estamos?
—Os llevo a un lugar seguro, dónde nadie podrá hallaros jamás. He de trepar por aquí para hacer subir a los perros. Nada temáis, pronto volveré.