Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Ella nada dijo; le contempló un momento y luego cerró los ojos. Venters quitóse las botas y se encaramó por los peldaños de la escalera rocosa. Rápida y ágilmente subió por la pared, alcanzó el contrafuerte, lo traspuso y, aunque nada podía ver a causa de la oscuridad, halló un lugar para sus alforjas. Las desató y las puso allí. Se llevó el lazo y colocó el dogal en la piedra saliente. Después llamó a los perros.
—¡Ring! ¡Blanca! ¡Aquí!
Débiles gemidos le respondieron desde abajo. A los canes les asustó aquella pina subida.
—¡Aquí! ¡Ring! ¡Blanca! ¡Arriba! —repitió, elevando la voz.
Oyóse el rascar de uñas sobre la roca, el jadeo de los canes, y a poco, éstos se reunían con su amo, que les obligó a echarse junto a las alforjas.