Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters volvió a descender, sirviéndose del lazo. Probó la resistencia de éste, colgándose de él con todo su peso, y luego recogió a la muchacha, sosteniéndola fuertemente con el brazo izquierdo. Empezó a subir, paso a paso, ayudándose con la mano derecha, que asía la cuerda. Ésta daba la vuelta al brazo, y, aunque a cada avance la soltaba para cogerla más arriba, no se caía. Venters subió como si tuviera alas, la fuerza de un gigante y no conociera el miedo. Claramente veía arriba la aguda línea del contrafuerte destacándose en el cielo, y tras rudo esfuerzo lo alcanzó y dobló la esquina. Al penetrar en el escarpado pasaje, ahora sumido en profundas tinieblas, avanzó ciegamente hacia el lugar dónde estaban sus alforjas y los perros. Oyó el gemir de los canes, pero no pudo distinguirlos. Una vez más dejó a la muchacha cuidadosamente en el suelo, desembarazó de piedras cierta parte, dobló las mantas en forma de colchón y, la colocó encima. Después tornó a bajar la pendiente para recoger sus botas, el rifle y la liebre. Subió al mismo tiempo el lazo y regresó en seguida.
—¿Estáis ahí? —La voz de la joven sonó extraña en la oscuridad.
—Sí —replicó Venters jadeando aún por el enorme esfuerzo realizado.
—¿Nos hallamos… en una cueva?
—Sí.