Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Oh…! Escuchad…, la cascada…, la oigo. ¡Me habéis traÃdo otra vez a la caverna de él!
Venters oyó el rumor a que se referÃa la muchacha y se dio cuenta de que era el silbido del viento entre las rocas.
—Es el viento… Estáis lejos, muy lejos de la madriguera de Oldring —dijo, y el esfuerzo que le costaba hablar le revelaba su extremo cansancio.
Muy postrado, se echó en el suelo y, con un último esfuerzo, pudo cubrirse con una manta. DolÃale todo el cuerpo, tenÃa los brazos como muertos y no podÃa mover los pies. Asà pasó largo rato, hasta que, poco a poco, calmáronse los agitados latidos de su corazón y le invadió la sensación del descanso.
Sin embargo, no pudo dormir, y nada hizo tampoco por conseguirlo. Ya no recordaba las horas de máxima tensión y esfuerzo. Lo que Venters querÃa era pensar. Al principio de aquella jornada habÃa arrojado de sà la inexplicable sensación de un cambio en su ser; pero ahora que ya no necesitaba ser astuto ni precavido, ahora que estaba libre de toda actividad fÃsica y disponÃa de amplio tiempo para reflexionar, no le era posible acordarse exactamente de lo que entristeciera y animara al mismo tiempo aquella mañana.