Los Jinetes de la Pradera Roja

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Capítulo IX

El resto de la noche transcurrió rápidamente para Venters; sin advertir el paso de las horas, vio llegar el alba. Cuando hubo dado de comer a los hambrientos perros, desayunádose él y arreglado de nuevo sus alforjas, era ya de día, aunque los rayos del sol aún no alcanzaban el borde del rocoso muro amarillento. Decidió realizar el viaje hasta el Valle de la Sorpresa de una vez, para lo cual hizo un envoltorio de su manta y se lo ató a Ring sobre el lomo, dando a Blanca como carga el segundo lazo y la liebre. Echóse las alforjas y el rifle a la espalda y levantó a la muchacha, que no salió de su pesado sueño.

Fue para Venters una dura prueba de fuerza y de valor subir en tales condiciones la escarpada senda, cerniéndose sobre él los quebrados riscos y la enorme Roca Movediza, que parecía ya cansarse de su milenaria posición. Sin embargo, experimentaba al mismo tiempo un dulce y regocijado triunfo en su empresa. No se detuvo hasta llegar a la línea divisoria, dónde descansó. La Roca Movediza tenía un terrible y fantástico aspecto en la grisácea luz del día naciente, y, aunque era un objeto inanimado, parecía advertirle: Estoy aguardando derrumbarme para destrozarlo todo a mi paso, para hacer desaparecer tu pista y para cerrar eternamente la salida del «Desfiladero de la Decepción».


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