Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El descenso por la vertiente opuesta fue fácil. Al salir de la garganta, Venters se detuvo en seco, sorprendido ante el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. El sol había alcanzado con sus rayos la curva del enorme puente de piedra, y por el grandioso arco precipitábase un maravilloso haz de oro que iluminaba el centro del Valle de la Sorpresa. La luz del sol pasaba únicamente por el arco, y el resto del valle seguía sumido en el sueño, con una tonalidad verde oscura, misterioso, sombrío, confundiéndose con las paredes, tan vagas como bruma matutina.
Admirando aún la maravilla, descendió Venters y cruzó por debajo del arco, de tremenda altura y enorme vuelo, pues abarcaba toda la abertura del Valle de la Sorpresa, formando una curva perfecta de pared a pared. A pesar de la prisa que tenía, Venters no pudo menos de impresionarse ante su majestuosidad, y pensó que los trogloditas debieron de ver en él un ídolo.