Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Venters eligió por campamento un lugar sombreado, herboso, entre los abetos y el muro, en el cual había algunas profundas cuevas a un metro del suelo. Eran cuevas secas, limpias y amplias. En la más grande arregló un lecho con ramas tiernas de abeto, y en él colocó a Bess. Ésta se despertó a poco y pidió agua en voz baja.

Venters cogió su cantimplora y se precipitó al barranco; era éste un lugar poco profundo, lleno de verdor, y en él halló, con gran satisfacción suya, un arroyuelo de rápida corriente. Su débil tonalidad de ámbar le recordó la Fuente Ambarina de Cottonwoods, y el recuerdo le sorprendió. El agua era tan fría, que sintió un hormigueo en los dedos al sumergir la cantimplora. Rápidamente regresó a la cueva, y le complació el ver que la muchacha bebía con ansia; advirtió también que levantaba la cabeza sin ayuda.

—Teníais sed —dijo—. Esta agua es buena. He encontrado un lugar maravilloso. Decid: ¿cómo os encontráis?

—Siento dolor… aquí —contestó ella, y se llevó la mano al lado izquierdo.

—Pues es muy extraño, porque la herida la tenéis en el hombro derecho. Creo que lo que sentís es hambre. ¿Cómo es el dolor, sordo y mordiente a la vez?

—Sí…, parece que es así.


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