Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Su buena suerte en la caza le recordó la necesidad de que ésta no saliera del valle. Cogió, pues, el hacha cortó una gran cantidad de ramas de sauce y tiemblos y la llevó a un sitio bajo el puente, dónde sólo la garganta ofrecía estrecha entrada al valle. Allí hizo una cerca con las ramas, y se vio obligado a hacer otros viajes al valle en busca de más ramas. Cuando acabó su trabajo había transcurrido la tarde.
Al regresar al campamento se hizo la cena y la comió junto a un gran fuego, sin prisas ni temor de ser descubierto. Después de trabajar duramente con un determinado fin, aquella libertad y comodidad le produjo gran satisfacción. Muchas veces se sorprendió a sí mismo contemplando la inmóvil figura que descansaba en la cueva, y los perros, que estaban echados en el suelo, junto a la lumbre. También tendía la mirada con frecuencia por el hermoso valle.
Mientras comía, el sol se puso, desapareciendo tras el borde del cañón, y así como el sol de la mañana irrumpió gloriosamente en el valle a través del arco de piedra, el de la tarde, al ponerse, envió sus últimos rayos por entre dos picos, inundando el valle con una llamarada de fuego.
A Venters, tanto la salida como la puesta del sol parecióle cosas fantásticas.