Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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El perro ladró y precipitóse pendiente abajo en el bosque. Venters bajó también por el declive y penetró en una sombría zona de árboles en cuyo suelo formaba el sol mil arabescos a través del follaje. Los robles eran esbeltos, de tronco delgado, y crecían tan densos, que sus ramas se entrelazaban. Ring volvió corriendo con un conejo en la boca. El joven cogió el conejo y, con el perro al lado, avanzó cautelosamente. Por todas partes oíase batir de alas y correr de animales entre las matas. Venters cruzó pistas de huellas viejas y recientes, y al avanzar un poco más vio muchos pájaros, una codorniz que corría y más conejos de los que podía contar. Sólo había avanzado por el bosque de robles unos cien metros, no se había acercado a la faja de sauces y álamos entre los cuales sabía que corría un riachuelo y, sin embargo, le bastó la corta exploración para saber que el Valle de la Sorpresa albergaba muchos animales y ofrecía abundante caza.

Venters regresó al campamento. Desolló la liebre y el conejo, echando la primera a los perros para que se diesen un festín. La piel de la liebre la preparó y la tendió para que se secara, porque quería conservarla. Era una piel muy densa y suave, con una cola blanquísima. Recordé, que, a no ser por la blanca y movediza cola de la liebre no la hubiese visto, y entonces no hubiera descubierto tampoco el Valle de la Sorpresa.


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