Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Nuevamente se dio cuenta de que el nombre de Valle de la Sorpresa cuadraba muy bien a aquel hermoso recinto. A lo largo de los muros perpendiculares, excepto debajo del gran arco de piedra, corría una terraza franjeada por abetos cerca de la base de la pared; bajo esta terraza veíase otra muy ancha, densamente cubierta de tiemblos. El centro del valle formaba un círculo plano lleno de robles y alisos, en medio de los cuales veíase brillar la verdeante faja de sauces y álamos. Pájaros en gran número y variedad volaban por entre los árboles. A la izquierda, frente al puente de piedra, abríase una enorme caverna en el muro, y muy abajo vio el joven, precisamente por encima de la línea de árboles, una larga hilera de viviendas de trogloditas, que tenían pequeños y negros agujeros a modo de ventanas o puertas. Las pocas viviendas de esta especie que había visto, ruinosas todas, habíanle dejado un recuerdo obsesionante de algo remoto, de una lejana y triste soledad. Y ahora él mismo habíase convertido, en cierto modo, en troglodita, y aquellos agujeros, semejantes a oscuros ojos, mirábanle como sorprendidos de que al cabo de milenios, un hombre hubiese invadido el valle.
Venters estaba seguro de ser el único hombre blanco que había pasado bajo aquel maravilloso puente de roca y por aquel asombroso valle dónde un lejano día moraron razas desaparecidas.