Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Poco a poco invadióle la somnolencia y dio una cabezada contra el tronco del árbol junto al cual estaba sentado. Inmediatamente se levantó, llamó a Blanca y se dirigió a la cueva. Apenas era posible ver a la muchacha en la oscuridad. Ring hallábase a su lado, echado en el suelo, golpeando la piedra con la cola, como si quisiera advertir a su dueño que cumplía con su deber. El joven se retiró a su cueva y se tumbó en su fragante lecho de raras tiernas, durmiéndose en seguida.
Se despertó al sonar una melodía que imaginó era sólo el eco de una música oída entre sueños. Abrió los ojos, y aquel maravilloso valle le ofreció una nueva sorpresa. A la entrada de su cueva, las preciosas ramas de un abeto plateado recortábanse contra el cielo, y entre aquel verdor movíanse inquietos cierto número de pájaros de plumaje gris a rayas blancas y negras provistos de largas colas. Eran sinsontes[5], y cantaban con toda la fuerza de sus gargantas. Venters escuchó. Una de las plateadas ramas introducíase un poco en la cueva, y en aquélla, a pocos metros de él, había uno de los graciosos pájaros. El joven vio claramente la palpitación de su garganta al cantar. Se levantó y, al deslizarse fuera de la cueva, el pájaro emprendió el vuelo.
Venters fue a la entrada de la otra cueva y vio que la muchacha estaba despierta, escuchando, con una mano sobre el cuello de Ring.
—Son sinsontes —dijo ella.