Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Sà —repuso él—, y parece que les gusta nuestra compañÃa.
—¿Dónde estamos?
—No os preocupéis. Más tarde os lo diré.
—El canto de los sinsontes me despertó. Cuando lo oÃ, cuando vi esos abetos brillantes…, el cielo azul…, los dorados rayos del sol…, me pregunté si…
No acabó la frase, pero Venters creyó adivinar lo que quiso decir. La joven estaba delirando. Le tocó la cara y notó que ardÃa, fue en busca de agua y se alegró de que siguiera tan glacial como el dÃa anterior. Aquella agua representaba para él la única medicina con que curar a la muchacha, y en ella puso toda su fe. La enferma no querÃa beber, mas él la obligó, y después lavóle el rostro, le puso paños frÃos en la frente y refrescó sus muñecas.
El dÃa empezó con la subida de la fiebre, y Venters pasó el tiempo reduciéndole la temperatura, refrescándole la frente y las ardientes mejillas. No se apartó de su lado, y a la menor agitación de la enferma, la sostenÃa con firmeza para que no se le abriesen las heridas. Hora tras hora la muchacha charlaba, reÃa, gritaba y sollozaba en su delirio; mas fuera cual fuese su secreto, ni bajo el dominio de la fiebre lo reveló. Asà pasó el dÃa, y con la frescura de la noche bajó la fiebre, y la muchacha se sumió en profundo sueño.