Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El segundo dÃa fue una repetición del primero. El tercero parecÃa que la muchacha se iba muriendo poco a poco, consumida por la fiebre. Aquel dÃa no se apartó de ella sino para buscar de cuando en cuando, rápidamente, más agua frÃa. No comió. El cuarto dÃa cesó la fiebre, dejándola exhausta y flaca; sólo en sus grandes ojos advertÃase la vida. Y su mirada no se apartaba de él, en muda observación.
El problema para Venters consistÃa entonces en reavivar aquella chispa que por poco se apaga, en fortalecer su escasa vitalidad. Para ello no disponÃa sino de carne de conejo y de codorniz, y con ella hizo caldos y sopas del mejor modo que pudo, alimentándola a cucharadas. Pensó en que el cuerpo humano, como también el alma, era una cosa muy extraña, capaz de recobrarse de los más terribles choques. Porque la muchacha, casi inmediatamente, mostró débiles señales de ganar fuerzas. Hubo un dÃa más de angustia y de espera, durante el cual Venters dudaba del éxito, y pasó largas horas junto a la enferma mientras ella dormÃa, vigilando el lento vaivén de su pecho al respirar. Al dÃa siguiente tuyo la seguridad de que estaba salvada.