Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters continuó subiendo. Las piedras que desprendía a su paso rodaban con extraño ruido por la cuesta. Había recorrido ya cerca de cien metros sin alcanzar aún la base de la rampa que servía de asiento a las viviendas de los trogloditas, las cuales formaban un semicírculo de casitas de piedra unidas entre sí, con pequeños y oscuros agujeros semejantes a ojos. Finalmente llegó a la base de la rampa y vio, labrados en la empinada roca, unos escalones que facilitaban la ascensión. Al subirlos, Venters pensó en lo fácil que les habría sido a los trogloditas defender aquel fuerte suyo contra un ejército de enemigos. No había más que aquel camino de subida, y era estrecho y abrupto.
El joven había visto anteriormente viviendas trogloditicas, pero todas en estado ruinoso y de poca importancia. De, aquí que las dimensiones de esta cueva y de sus viviendas le aturdieran. Le emocionó, además; el pensar que aquellos lugares estaban intactos y constituían una inmensa tumba. Había sido una ciudad y hallábase tal cual la habían dejado sus últimos moradores. Ante las viviendas estaban aún los hogares ennegrecidos por el fuego, y, a su alrededor, las piezas de cacharrería y las hachas de pedernal. Veíanse también piedras molineras junto a agujeros pulidos por la acción de la molienda de maíz durante largos años… Todo estaba como si lo hubiesen abandonado el día anterior. Únicamente faltaban los trogloditas.